martes, 26 de enero de 2010

Roy Sullivan en su juventud había trabajado en un barco de mercancías. Había conocido lugares exóticos, a la vez que sórdidos. Guardaba especiales recuerdos de Génova, de la zona del puerto, que tanto frecuentó. Entre los sitios que visitaba estaba el “dolce piacere”, un antro de la zona, con olor a sudor y cerveza, donde las prostitutas trabajaban a destajo,y con una clientela de marineros borrachos y desalmados.


Allí Roy conoció a Donata, una fulana que doblaba su edad, y con la que gustaba conversar. Donata era aficionada a la pintura, que haciendo patria, admiraba a los renacentistas, aparte de Da Vinci, Boticelli, el Genovés, también le hablaba de Mantegna, Palmesano, el Garófalo y otros muchos. Roy la escuchaba atentamente, y aprendió la técnica del retrato, y las figuras y santidades que inmortalizaron estos genios.

Ella le preguntaba si esta vez quería hacer algo, y él como siempre, apuraba su ron y negaba con la cabeza.

Salía del prostíbulo tremendamente excitado, y se daba una vuelta antes de volver al barco, una vez allí seguía bebiendo, y tomaba notas de lo aprendido.

Una fría tarde de noviembre fué sorprendido en una callejuela por tres matones, que exclamaron “mira, es el depravado que sólo quiere ver a Donata, vamos a por él”.

Roy Sullivan sufrió una brutal paliza.

Aun así se levantó y se dirigió al dolce piacere. Preguntó por Donata, y esperó su turno a que ésta estuviera libre. Una vez en la habitación, Roy evitó hablar de lo que le había pasado, estaba seguro que ella también lo sabía. En su lugar, le preguntó por Modigliani, ya no quería saber nada más de los renacentistas.

Donata le miró pícaramente, y estuvo largo rato hablando del pintor de Livorno. Cuando terminó su tiempo, ella le sonrió, y besó su frente, a la vez que susurraba “re un pervertito, il mio piccolo marine”.

Nunca más volvió a Génova.

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